5/7 Fumbo
Hoy se acababa nuestra estancia en los Alpes. Ya que ayer fui el último, esta mañana me he levantado a las 8:15; da igual, he vuelto a ser el último. Esto no es presentable, de verdad. Nosotros hemos sido jóvenes. Hubo una época en que salía con mis amigos y me acostaba a esta hora.
Durante el desayuno, Rada ha tenido el bonito detalle de proporcionarnos tema de conversación. Sin necesidad de hacer ningún esfuerzo: tan solo ha necesitado ser bicolor. Igual que la ensalada de tomate y queso que cenamos ayer. Igual que un helado de fresa y nata. Creemos que va a marcar la moda de este verano.
Luego hemos recogido, hecho las maletas y salido hacia la estación para coger el tren de vuelta a Lauterbrunnen. Por cierto: el dialecto suizo es como el alemán estándar, pero comiéndose letras. Zürich es Züri, Wengen es Wenen y Lauterbrunnen es Lauterbrun. Parece que ellos también opinan que las palabras alemanas son demasiado largas.
Ya en el tren, el otro Javier ha empezado a quejarse amargamente porque se había dejado en el chalet la longaniza que debería haber sido nuestra comida del día. Como los demás teníamos intención de ir a un restaurante a que nos llenaran la panza, sus lamentos no han encontrado eco en el resto del grupo.
Ya en Lauterbrunnen hemos ido al parking, metido las maletas en el coche y… allí las hemos dejado. No, no ha sido una nueva demostración de capacidades diversas por parte de nuestro grupo; nuestro primer plan del día consistía en coger otro teleférico para ir hasta Mürren, otro pueblo muy pintoresco del valle al que no se puede ir en coche. Comprando los billetes sí que ha habido demostraciones de diversidad, pero, finalmente, hemos podido comprarlos y entrar en el teleférico.
Cuando ya habíamos llenado por completo la cabina, el responsable ha decidido que así no podíamos salir. Así que ha hecho que nos apretujáramos para meter quince o veinte personas más. La cabina no podía ir llena; tenía que ir atiborrada.
El viaje en el teleférico que subía a Grütschalp ha sido bastante incómodo para mí, que ya iba un poco castigado por la ciática antes de tener que pasar tanto rato de pie, con tanto meneo y sin poder agarrarme a nada. Por suerte, al llegar arriba nos esperaba el tren que llevaba a Mürren. Nuestro plan inicial consistía en hacer el recorrido andando, aproximadamente una hora, pero yo no estaba para esos trotes y me he metido en el tren. Jesús me ha seguido y hemos cogido los dos últimos asientos libres. Los demás han decidido seguir el plan original que, según nos han dicho, valía la pena.
El ratito en el tren me ha servido para recuperarme y, al llegar a Mürren, mi espalda estaba perfectamente. Así que Jesús y yo hemos dado una vuelta por el pueblo. Como es pequeño, lo hemos recorrido casi entero en un rato. En efecto, es incluso más bonito que Wengen.
Y luego nos hemos sentado en una terracita a tomar algo mientras esperábamos a nuestros amigos. Después de unos cinco minutos sentados, en vista de que no salía nadie a atendernos, Jesús ha decidido entrar en el bar a pedir.
—Espera, que aquí hay una plaquita, a lo mejor pone algo para que le digas al camarero en qué mesa estamos… huy, espera…
En fin, nos hemos tomado nuestra cervecita y, finalmente, han llegado los demás. Hemos comido y hemos vuelto a Lauterbrunnen, porque se nos estaba haciendo un poco tarde.
Durante el viaje a Berna en coche, mis amigos iban buscando en internet algún sitio interesante para ir a ver el partido. A las seis de la tarde jugaban España-Alemania, cuartos de final de la Eurocopa. Hace doce años que apenas sigo el fútbol, pero pasar la tarde en un pub con mis amigos, viendo el partido, me parecía un plan estupendo.
Claro que antes teníamos que ir a coger nuestras habitaciones. Las había reservado Juste y, según él, eran estupendas. Aunque no tenía muy claro qué había cogido. Según su reserva, eran dos apartamentos y un estudio, fuera lo que fuera eso. Al llegar, nos ha costado un poco aclararnos con las instrucciones para entrar. Además…
—Tío, esto tiene unas pintas un poco raras.
—Parece que todo el mundo aquí es bastante mayor.
—Oye, que esto es…
En efecto. La Residencia Senevita es una residencia de ancianos. Juste nos ha traído a una residencia de ancianos.
Que, en honor a la verdad, tiene unas habitaciones muy espaciosas y cómodas. Hemos dejado todas las maletas en uno de los apartamentos, hemos cogido el tranvía y hemos llegado al pub irlandés que teníamos controlado justo a tiempo para ver el partido. Hemos bebido cerveza, hemos cenado y hemos visto la victoria de España por 2-1 en un sitio con muy buen ambiente. Los alemanes que había en la mesa de al lado han acabado menos contentos, pero se han despedido deportivamente.
Y luego nos hemos ido a dar una vuelta. Berna es una ciudad muy bonita en la que pasé una tarde hace unos 35 años, así que no recordaba casi nada. Solo las tiendas subterráneas del centro (se entra por unas compuertas como las de las carboneras). Pero también valen mucho la pena la torre del reloj, la catedral y la zona del río (el río favorito de los crucigramistas; río suizo: Aar).
Y ya a coger el tranvía de vuelta a la residencia. Sin hacer mucho ruido para no despertar a nuestros vecinos, hemos repartido las habitaciones (Jesús se ha llevado el estudio por acertar el resultado del partido) y a dormir. Mañana, más.










Ya estaban repartidos los apartamentos y el estudio individual según la potencia de ronquido cuando a Babil4 se le ocurrió distribuirlos mediante una porra con el resultado del partido. ¡Qué pronto se arrepentiría de su ocurrencia! Si lo llega a saber, creo que hubiera animado a Alemania
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