6/7 Murten y Gruyéres
Mientras lo hacía, mis compañeros me relataban cómo había servido de musa para mi compañero de apartamento, que ha ido enviando los frutos de su inspiración a nuestro grupo de WhatsApp durante la noche; como soy de dormir más bien sólido, no me había enterado de nada. Una muestra de su producción es este poema:
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La noche de Terror en el geriátrico de Berna
Fue un ruido grave y penetrante el que se fue mezclando con la negritud de las sombras
Era un sonido arrítmico y de imposible melodía que hacía desparecer las esperanzas del noctámbulo
El que lo escucha, lo primero que descubre es que ha dejado de existir
No tratará de dormir porque lleva un tiempo sintiéndolo y tiene la certeza de que, si alguna vez cierra los ojos en la oscuridad, no sabrá cómo volver a abrirlos
Morfeo huyendo espantado de este icónico estruendo decide abandonar a su insomne criatura en el mundo de la perpetua vigilia.
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Como premio, habían decidido darme esta noche el estudio individual, desde el que ahora os escribo. Muchas gracias, chicos. Yo también os quiero.
Después de desayunar, hemos cogido el coche y nos hemos ido a la cercana Murten, una localidad medieval bastante pintoresca que conocía Javier Sierra. Como está junto a un lago bastante bonito, nuestra idea inicial era darnos un baño allí, pero hacía mal tiempo y lo hemos descartado. Hemos ido a aparcar a una zona de parking que hay a la entrada del pueblo y resulta que estaba ocupada por un festival de música que estaban montando, el Stars of Sounds. Sin embargo, quedaban algunos sitios donde se podía aparcar y, encima, habían quitado los parquímetros, así que nos iba a salir gratis. Pues mira qué bien.
Hemos entrado a Murten y nos hemos dado un paseo por la muralla, desde donde hay unas vistas estupendas al pueblo y el lago. Si estáis por la zona, os lo recomiendo mucho.
El pueblo, por supuesto, también se ve muy bien desde abajo, recorriendo sus calles. Lo llaman la pequeña Berna y, efectivamente, tiene bastante parecido con el centro de la capital (de facto) suiza, pero en pequeño. En fin, que da para una visita muy interesante.
Finalmente, nos hemos metido a un bar a tomar unas cervezas, que luego se han visto acompañadas por una tabla de quesos y, finalmente, una comida como dios manda, que ha consistido en un cuenco de sopa del día para cada uno y, por fin, la fondue que llevaba pidiendo Jesús desde el primer día y a la que Javier S se negaba.
¿Y cuál era la sopa del día, os preguntaréis? O no. Da igual, os lo voy a contar. Pensábamos que sería una sopa caliente, en vista del tiempo fresco y lluvioso, pero resulta que tenían gazpacho. ¿Quién dijo miedo? Lo hemos pedido igual. Y no era tan distinto del gazpacho andaluz, aunque con la verdura menos molida y picantito (según algunos miembros del grupo, picaba de cojones).
Por cierto, hemos brindado cuando nos han traído las cervezas y las copas han sonado: poc, poc. Por el peso y consistencia, parecían de cristal, pero el sonido era inconfundiblemente de plástico. Sin embargo, al final de la comida han sonado: clinc, clinc. Solo había una explicación posible: la cerveza ha obrado el milagro de convertir el plástico en cristal. Y aún hay quien duda de sus benéficas propiedades.
Luego hemos tomado café y nos lo han servido con corazoncitos por todas partes (los suizos son muy aficionados a ello), así que Juste ha hecho una foto y la ha mandado a su grupo familiar, diciendo: les mando cualquier cosa que me gusta a mi mujer y mis hijas, y me dejan siempre en visto, pero ya verás cómo a esto contestan.
Al cabo de un rato, tenía tres corazoncitos en su WhatsApp. Me imagino la conversación:
—Ya está vuestro padre mandando mierdas al grupo.
—Joder, qué pesado es el viejo.
—¡Pero tiene corazoncitos!
—¡¡¡¡Ooooohhhhhh!!!
Ya nos hemos vuelto al coche y por el camino oíamos cómo el festival había empezado. Huy, aquí hay más vallas que antes. Ay, madre, no me digas que nuestro coche se ha quedado dentro… Pues sí. Al parecer, habíamos aparcado en la zona de la organización, que ahora estaba completamente cerrada por una valla alta. Por suerte, justo en ese momento acababa de salir un vehículo, así que hemos ido corriendo a decir a la persona que iba a cerrar la puerta que nuestro coche estaba dentro y que nos dejara sacarlo. Afortunadamente, no nos ha puesto pegas y hemos podido irnos.
Chicos, estoy pensando si realmente este es el ejemplo que queréis dar a vuestros hijos. Yo solo soy el tío bandarra que sirve como mala influencia, pero vosotros… qué vergüenza.
En fin, hemos seguido camino hacia Gruyéres. Toda esta zona es un poco confusa lingüísticamente y en algunos pueblos encontrábamos algunos carteles en francés y otros en alemán; pero se supone que Murten (también rotulada como Morat, su nombre francés) es germanófona y Gruyéres, francófona.
Y sí, Gruyéres es la de los quesos, pero no solo eso. Es otro precioso pueblo medieval que, además, cuenta con el museo de HR Giger, el famoso diseñador visual de Alien y tantos otros mundos de pesadilla. Y pollas. Quitando el Museo Falológico de Islandia, no creo que haya otro con tantas pollas por metro cuadrado como el de Giger. Hay una zona solo para adultos con algunos cuadros y dibujos muy explícitos, pero la verdad es que el resto del museo es igual.
Antes de ir al museo habíamos pasado por la heladería favorita de Javi, que había pasado varios minutos cantando las excelencias del helado de chocolat brut. El único que estaba agotado. Es igual, los demás también estaban muy buenos. Y de allí ya nos hemos ido al museo, que está en la otra punta del pueblo (unos cinco minutos andando).
Y, tras la visita al museo Giger, a tomar algo al… bar Giger. Un poco monotemáticos, sí. Pero el bar merece la visita. Toda la decoración hace honor a su nombre, y el heavy metal que suena en él es la música perfecta para acompañarlo.
Luego hemos estado viendo el castillo (por fuera, que ya estaba cerrado) y, en vista de que eran casi las seis, hemos pensado que podía ser buena idea ir a ver el Suiza-Inglaterra en algún bar local, con los aficionados suizos. Y sí, había un bar que tenía puesta la tele con el partido en el piso de arriba, y tenía sitio para nosotros; desafortunadamente, tenía mucho sitio. Muchísimo. Todo, en realidad; no había ni dios. Y ver el partido solos, como que no, así que nos hemos ido ya de vuelta a Berna.
Aunque poco después de subir al coche a alguien se le ha ocurrido que tal vez en la cercana Friburgo podría haber algún bar de deportes. Conque hemos encargado a Juste, ya que se le dio tan bien el día anterior en Berna, que localizara uno. Éxito. Un pub irlandés que daba todos los partidos. Excelente. He seguido conduciendo mientras Sierra se quejaba porque quería ir a Friburgo, pero a dar una vuelta por el centro, no a un pub que no valdría nada, y en un barrio horrible, y… No, no es que a él no le guste el fútbol ni nada de eso. Es que le encanta quejarse y llevar la contraria. Al final, he tenido que intervenir yo:
—Pues tiene razón, deberíamos ir a dar una vuelta por el centro, aprovechando el día tan bueno que hace.
Y ya se han terminado las discusiones y he podido conducir tranquilo. Eso sí, en medio de la torrencial lluvia que estaba cayendo.
Como nos íbamos acercando a la ciudad, he tenido que pedir que alguien buscara el camino al pub. Juste lo había buscado en Google, pero no había mirado la ruta.
—Vaya, según el mapa estamos yendo en dirección contraria.
—No puede ser, estamos siguiendo todas las indicaciones a Friburgo.
—Pues aquí pone eso. Hay que dar la vuelta y seguir unos 130 km.
—¿Cómo que 130 km? ¡No jodas que nos has buscado un bar en la Friburgo de Alemania!
—Ah, ¿hay otra Friburgo en Alemania?
La lucha por el premio Pathfinder va a estar reñida.
En fin, hemos localizado otro sitio en la Friburgo correcta, metido el coche en un parking cercano y, al salir, resulta que estábamos frente a un bar de deportes muy grande y lleno de gente. Pues para adentro, que, además, seguía lloviendo con ganas. Ha resultado ser un sitio estupendo, con mucho ambiente para ser Suiza. Nos hemos puesto junto a un grupito que nos descolocaba un poco, pues veíamos camisetas de Suiza, pero también caras pintadas con los símbolos de Inglaterra. Uno de ellos nos ha oído hablar y, en perfecto castellano, nos ha contado que era suizo, pero su mujer era inglesa y se habían conocido estudiando en Salamanca. Qué cosas.
En un momento dado, con el 1-1 en el marcador, han anunciado un cambio en la selección suiza y la gente se ha vuelto loca. Han empezado a cantar el nombre del jugador recién ingresado y nosotros, para no ser menos, nos hemos unido a sus cánticos:
—¡Pa-qui-rrín! ¡Pa-qui-rrín!
Luego ha resultado que no, que el futbolista en cuestión se llamaba Shaqiri. Por qué es tan popular, ya no os lo puedo decir.
En fin, Suiza ha acabado perdiendo por penaltis y ha sido un poco triste ver la desilusión de la gente; sobre todo, los lloros de algunos niños. De todos modos, como el bar se ha vaciado un poco, nosotros hemos aprovechado para coger una mesa y cenar allí mismo. Daban el siguiente partido (Países Bajos-Turquía), pero no le hemos hecho mucho caso y, al acabar de cenar, nos hemos vuelto a casa. Mañana ya es nuestro último día en Suiza.









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